Escritor, ¿alguna vez te han dicho que tu libro está bastante bien?

Y… ¿cómo te has sentido?

El adverbio “bastante” es tan impreciso que casi no dice nada. Su única función es desvalorizar al adjetivo que le sigue, por positivo que sea. Y lo peor de todo es que, como el “bastante” viene disfrazado de elogio, ¡tenemos que aceptarlo sin rechistar y encima mostrarnos agradecidos!

Tu libro está bastante bien

Puede que esto te parezca trivial. Sin embargo, hubo un “bastante” que estuvo a punto de interrumpir de forma irremediable la trayectoria de la literatura occidental. Vamos a contártelo para que te sientas mejor.

En 1774, con el manuscrito de Las penas del joven Werther recién terminado, Goethe fue corriendo a ver a su asesor y amigo Johann Heinrich Merck, que acababa de regresar de un largo viaje a San Petersburgo.

Johann Heinrich Merck (1741-1791)

Merck se sentó en un canapé mientras Goethe, carta por carta, le fue leyendo la aventura de su inmortal personaje.

Merck, de natural sarcástico, no parecía muy impresionado por la lectura, de modo que Goethe aumentó el patetismo de su recitación a medida que se incrementaba el dramatismo de los sucesos narrados.

Varias páginas más adelante, cuando Werther ya estaba a punto de dispararse el tiro en la sien y a contribuir con su suicidio a inaugurar la tradición romántica, Merck aprovechó una pausa para ponerse en pie.

-Bueno… Es… bastante bonito.

Acto seguido abandonó la habitación sin despedirse.

Werther tras el disparo

El joven e inexperto Goethe se quedó solo, desarmado por completo, con las páginas manuscritas del Werther en la mano, convencido de haber escrito algo absolutamente infumable. Desesperado, arrugó las hojas y alzó el brazo para arrojar el manuscrito al fuego del hogar.

Afortunadamente, no lo hizo. La única razón que se nos ocurre es que era primavera, lucía el sol y en la chimenea aún no ardía ningún fuego.

El caso es que el “bastante” de Merck quedó sin efecto, el Werther se publicó y la tradición romántica europea se desarrolló exactamente tal y como hoy la conocemos. Merck tardó varias semanas en saber la desgracia que su desafortunado “bastante” había estado a punto de ocasionar. El pobre había averiguado hacía poco que su esposa estaba embarazada de otro hombre y, como le confesaría después a Goethe, la pesadumbre que esta noticia le había causado le había impedido concentrarse en la lectura. En esas circunstancias, es probable que se sintiera identificado con el desgraciado Werther y su fatal triángulo amoroso.

Por esas mismas fechas, quién sabe si en maliciosa venganza por aquel inoportuno “bastante”, Goethe inmortalizó a su amigo Merck al inspirarse en él para una de sus más diabólicas creaciones: el Mefistófeles de Fausto.

Mefistófeles en una litografía de Delacroix